Igual, ¿qué?

Avances y retrocesos en Igualdad durante el 2017

Estamos terminando el año, y comienza a invadirnos un afán compulsivo por concretar y repasar los mejores hitos del 2017, así como los asuntos que hemos dejado pendientes sin resolver. En este sentido, si nos atenemos a las noticias y estudios que se publican en materia de igualdad, éstas nos dan una imagen muy concreta de lo que nos ha ocurrido durante este año que acaba a las mujeres, y el saldo no puede ser más negativo.

 

Por un lado, hace pocos días saltaba a los medios de comunicación el titular de la subida del paro de noviembre en nuestro país, arrojando una radiografía muy evidente y alarmante: El 96% de los nuevos desempleados en España son mujeres. Da qué pensar que el único empleo que se destruya sea el de las féminas, y deberíamos preocuparnos un poco más sobre qué estamos haciendo mal para que las mujeres salgan de esta forma tan apabullante del mercado laboral en un sólo mes.

 

De igual modo, las estadísticas de los datos de empleo y salarios para las mujeres en nuestro país continúan no dan lugar a la esperanza, pues seguimos encabezando las reducciones de jornadas, los contratos a tiempo parcial y los contratos temporales. Se mantiene así, y de forma irreductible, la precariedad del empleo femenino año tras año.

 

Y de los salarios, más de lo mismo,  las estadísticas hablan de más del 14% de brecha salarial en España. Subyace, pues, una evidente falta de promoción en los trabajos, un reparto desigual por sexo de los complementos y pluses  salariales, así como se marcan las diferencias en las ocupaciones de hombres y mujeres, lo que da como resultado unos salarios diferentes por sexo, aunque también por edad y por ocupación.
De nada sirve que objetivamente la brecha salarial se haya reducido en los últimos años, si observamos como los empleos mejor retribuidos y la revolución tecnológica sigue teniendo rostro masculino. De ello depende, y mucho, la elección formativa que hacemos las mujeres, y que acostumbra ser mucho menos cualificada y tecnológica,  (lo que pesa como una losa a la hora de despegar en el mundo laboral), es la responsable de las renuncias laborales para asumir una responsabilidad mayor en las cargas familiares, y también, no se os escapa, la que origina  los retrasos en la maternidad hasta límites físicos. Del mismo modo, se evidencia una  diferencia entre las propias mujeres trabajadoras a la hora de tener o no tener hijos, lo que lleva aparejada una bajísima natalidad, y/o la elección de empleos y horarios que compatibilicen mejor con el cuidado de la familia, que provoca en esencia la pérdida de promoción laboral, que desaprovecha el talento femenino y las inversiones en formación de la mujer.

 

La penalización de la maternidad en las mujeres sigue pesando, y mucho, en nuestra sociedad actual, y constituye un claro obstáculo a la hora de desarrollar un trabajo o una actividad profesional en igualdad de condiciones que los hombres.  Sólo por pragmatismo, y por un interés social y económico a medio plazo, los Estados deberían estar tomando medidas serias para prevenir  los muchos problemas sociales que nos va a acarrear esta situación en el futuro, como por ejemplo la insostenibilidad del sistema de pensiones , el aumento de los gastos sociales, el cierre de colegios o la falta de mano de obra que atienda a una población cada vez más envejecida.

 

En este sentido, la quiebra del  modelo de familia conocido y propiciado por la incorporación de la mujer al mundo laboral,  (sobre todo a partir de los años 70 y 80 en España),  ha venido a desordenar el panorama social de forma que aún no hemos querido o sabido reconducir u orientar hacía otras fórmulas que contemple la necesidad de protección de sus miembros, y visto las medidas que se toman, estamos lejos aún de lograrlo.

 

Y es que el pacto social que existía entre hombres y mujeres, en el que los primeros se encargaban de satisfacer las necesidades económicas de las familias mientras que las mujeres procuraban los cuidados y atención de la prole, de las personas mayores y dependientes, se ha visto superado por la nueva realidad, donde la mujer quiere competir en un mercado laboral en las mismas condiciones que los hombres, pues tiene para ello las mismas capacidades y aptitudes, pero sigue sin cumplirse la primera premisa: No tenemos las mismas condiciones. Para ello, hombres y mujeres tenemos que aprender a revisar nuestros modelos de colaboración, pues mientras que la mujer se siga ocupando casi en exclusiva de los cuidados de las familias, sigamos optando por una formación orientada más a humanidades que a las ciencias, tecnologías o matemáticas, y sigamos renunciando a nuestros trabajos o a su promoción,  malamente podremos desarrollarnos en un mercado laboral tan competitivo y exigente como el actual.

 

Nuestros representantes políticos tienen que entender que, o se habilitan medios y se impone la flexibilización de horarios y modos de trabajo, instauran ayudas y asumen servicios, o se propicia el cambio de unos modelos sociales caducos de alguna manera, o la mujer seguirá sin desarrollar totalmente sus cualidades en el mundo laboral, pues seguirá pesando en ella los roles aprendidos  y la asignación de tareas domésticas y de cuidado, que, entre otras cosas,  alguien tiene que hacer.
 
Los hijos, los enfermos o los mayores no son objetos o plantas. La educación, el cuidado, los servicios personales tienen que procurarse por alguien, y la tecnología y la robótica no pueden suplir la presencia de las personas. Ayudan, nos mejora la vida, pero no nos sustituye.

 

Por otro lado, la crítica también es hacía nosotras,  pues estas reivindicaciones deberían estar mucho más presentes y ser prioritarias en las agendas feministas de lo que lo están actualmente, sin desdeñar otro tipo de  preocupaciones, y si de verdad queremos cambiar el modelo social y defender a la mujer plenamente, hay que comenzar desde la base, apoyando también a las familias.

 

Y es que reclamar mayor presencia de la mujer en la vida social, económica, cultural o deportiva, la erradicación de la violencia de género, un lenguaje no sexista o unos presupuestos con perspectiva de género está muy bien, pero nos damos cuenta que el problema persiste y se agudiza.  ¿Qué estamos haciendo mal?. ¿Por qué tantos premios y reconocimientos a personas y entidades tan poco útiles a la sociedad? ¿Por qué no se piden más medidas eficaces? ¿Por qué no se exige coherencia también en Igualdad?.
 
El problema es que nos centramos más en lo superfluo, en el número o en lo que nos da publicidad o votos y  estamos olvidando a las Mujeres, especialmente a las niñas y las más jóvenes, que es donde está la esperanza del futuro de esta sociedad.  Sin duda, ayudaría mucho contar con unos valores sólidos en las más mayores y reconocer el trabajo bien hecho, pero mientras tanto seguimos sin querer ver que no estamos mejorando en nada, estamos manteniendo estructuras arcaicas y estamos invirtiendo muchísimo dinero en algo que no da fruto, que no cambia, que no evoluciona.
Nos hace falta entonces agua nueva que nos transforme y ser capaces de encontrar dónde está esa fuente que impulse eficazmente a la Mujer. Esperemos que el 2018 nos ayude a todos y todas a encontrar esa fuente de la Igualdad

 

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