Historias Verídicas: Mis Vecinas

Todos y todas tenemos a nuestro alrededor a personas con muchas circunstancias, pero yo hoy me he parado a observar a las que tengo más cercanas, a mis vecinas, cuyas vidas, no por cotidianas, son un muestreo de todo lo que nos falta aún para lograr esa igualdad de oportunidades a las que todos y todas aspiramos y son ejemplos vivos de por dónde deben ir dirigidos los esfuerzos para cambiar esta sociedad que tenemos. Y como muestra, tres botones.

Empecemos por mi vecina de la derecha. Tendrá unos 45 o 46 años y dos hijos adolescentes. Hace algunos años, al principio de llegar, me comentó que ella había estudiado la carrera de 5 años de empresariales, mientras que su marido se quedó en la diplomatura de tres años, pues cuando acabó la mili obligatoria se puso a trabajar de inmediato y no siguió con la licenciatura. Me lo contó con un atisbo de pena y con un cierto resentimiento, es verdad, porque ella se había quedado en contable de su empresa en la que también trabajaba su marido como director de marketing, y eso parecía molestarle.

Sé que su contrato era a tiempo parcial y que sólo iba a trabajar por las mañanas, lo que le permitía atender a sus hijos por la tarde. No si sé fue elegido o no, porque nunca se lo he preguntado. Se quejaba entonces de que su marido había ido ascendiendo en la empresa mientras que ella seguía ocupando un trabajo inferior, pese a que él tenía menos nivel de estudios, pero lo cierto es que su marido se pasaba toda la semana fuera de casa viajando, y era ella la que se ocupaba de su familia, y aparentemente tenían, lo que se puede interpretar, como un buen nivel de vida. Cuando llegó la crisis en nuestro país, su empresa no tardó en despedirla y se quedó sin trabajo, mientras que su marido siguió en su puesto. Al poco tiempo empezó a ir mal el matrimonio, que terminó en divorcio y ella asumió la guarda y custodia de los menores y se quedó con la vivienda familiar a la que habían hecho multitud de reformas y mejoras, por lo que también se quedó con unos gastos que, a todas luces, no podía asumir. De esta forma, la piscina lleva rota varios años porque no se puede permitir repararla, y desde que se divorció no puede permitirse la mujer que antes le ayudaba en la casa. En consecuencia, su estilo de vida cambió radicalmente, y aunque su marido puede considerarse como «un buen padre» vive lejos en otra localidad, igual que la familia de ella, por lo que está sola y sin ayuda para todo. Eso se le nota en el rostro triste y abatido. Afortunadamente, algunos años después empieza a salir de esta situación, al haber encontrado no hace mucho un trabajo, y ya los hijos se van haciendo más mayores y más independientes, pero a pesar de ello, su vida no ha vuelto a ser la de antes, ni tampoco puede tiene las mismas oportunidades y eso a ella le deprime, porque piensa que ha cometido demasiados errores y ahora está pagando las consecuencias.

La historia de otra de mis vecinas es parecida, pero no igual. Tendrá unos 42 años y también tiene dos hijas pequeñas. Ella y su marido son los dos policías, es decir funcionarios. En el caso de esta vecina, cuando nació su hija mayor, pasó a la policía autonómica y solicitó una reducción de jornada por cuidado de hijos, para no tener turnos y trabajar sólo de mañana, pero reduciendo con ello también sus ingresos. De momento, no parece importarle mucho porque así puede atender mejor a sus pequeñas, pero lo cierto es que, mientras tanto, el marido se ha preparado las pruebas de ascenso y ahora ya es inspector, mientras que ella sigue de policía raso. Se nota que esta mujer se ha sacrificado por la promoción de su marido, y se siente orgullosa de él, a diferencia de mi otra vecina. Ambos comparten las obligaciones de crianza de sus hijas, y no es raro ver al marido encargarse de las actividades extraescolares, las compras o de la limpieza de la casa. Como he dicho antes, aquí el pacto de la pareja parece que funciona muy bien de momento, y aunque ella haya relegado sus aspiraciones profesionales y económicas, está claro que le compensa, porque a cambio ve la implicación de su marido y no se siente frustrada.

Por último, tengo que contar lo que le ha ocurrido a mi vecina de la casa de enfrente. En un principio, su vida y la de su marido parecía que era la de una pareja perfecta. No tenían hijos, y ambos trabajaban en el mismo sitio, se ayudaban y colaboraban mutuamente, compartiendo las tareas de la casa. Luego el matrimonio se acabó, porque él inició una nueva relación con otra compañera de trabajo, y mi vecina, con cerca de cuarenta años, optó entonces por ser madre en solitario y así lo hizo. Por supuesto, su economía también se ha visto muy perjudicada con el divorcio, pues debe asumir todos los gastos que genera la vivienda en solitario, y encima tiene un hijo pequeño que atender, pero poco a poco, y con muchísimos apuros, va saliendo, porque nunca ha renunciado a su empleo. Sencillamente, no se lo ha podido permitir. También ha tenido que cambiar sus prioridades, tampoco ya cuenta con nadie para ayudarla en casa, y como la primera, también tiene rota la piscina de la casa y no ha vuelto a tener pareja, pero ha tenido y tiene la gran suerte de contar con el apoyo de su familia que le ayuda en muchas cosas, principalmente en la tarea de la crianza de su hijo.

Estas historias son la historia de tantas y tantas mujeres de hoy día. Mujeres profesionales y con estudios, que intentan cumplir tanto su faceta de madres como con el rol de mujeres trabajadoras, y todas ellas creyeron en su día que lo primero se podía realizar igual que antes, siguiendo el ejemplo de sus madres o abuelas, sin que por ello tuvieran que renunciar a nada, mientras que la vida les ha dicho que eso no es así. En efecto, cuando han querido compatibilizar su vida de madre con sus obligaciones laborales es cuando se han dado cuenta que es muy difícil, sino imposible, compaginarlo todo, más si no se cuenta con el apoyo de su pareja o de su entorno, y muchas optan por su maternidad sin recapacitar sobre su futuro, renunciando a sus empleos, a su promoción laboral o a sus derechos económicos.

De hay la consecuencia normal de la frustración de la mujer de hoy, de no sentirse valoradas laboralmente, ni tampoco reconocido a nivel familiar nuestros sacrificios, pero también deriva un hecho importantísimo y es el que nos sea tan difícil alcanzar puestos de responsabilidad, cuando sabemos y hemos demostrado que a las mujeres nos sobra capacidad y competencia. Por tanto, para conseguirlo sólo necesitamos un poco de ayuda efectiva y eficiente, empezando en la organización de nuestras propias casas y desde nuestras parejas, (las que la tengan) que son con las que hemos hecho el pacto de convivencia. Ese pacto que incluía se suponen cosas como el tipo de vivienda donde queríamos vivir, la decisión de formar o no una familia, la contribución a los gastos de la casa, el número de hijos que queríamos tener, el modo de vida y las propias aspiraciones personales, incluso hasta los coches que íbamos a utilizar, acuerdos que exceden del amor o el cariño, y son parte del compromiso y de las responsabilidades adquiridas de forma bilateral. Si una parte no cumple, el pacto se rompe, y siempre quedará perjudicada la parte más débil de la relación, como demuestran los ejemplos de las vidas de estas mujeres que hemos expuesto. Sin esa ayuda de nuestra pareja o nuestro entorno próximo, sin ese compromiso mantenido en el tiempo, difícilmente la mujer podrá llegar a tener algún día esa tranquilidad vital necesaria tanto en lo económico como en lo personal para desarrollarse profesionalmente y muchas de nosotras terminaremos diciendo eso de: NOS HAN ENGAÑADO!!!!

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